Hoy te despertaste a las 4 AM de la mañana, como si supieras que es tu cumpleaños. Aplaudías, te reías e ibas de un lado para el otro en la cama. No sabíamos ya que hacer para calmarte.

Recordé que el día anterior había sido un día difícil y no te habíamos podido dar el espacio que necesitabas. Finalmente te dormiste. Eran las 4:30 de la mañana, horario en donde las sensaciones se multiplican exponencialmente. Me sentí mal. Había estado todo el día con la cabeza en esas cosas que nos complicamos los adultos, y vos  no tenías ni tu torta, ni tu velita de cumpleaños. Dos cosas muy sencillas que no pude hacer. Eran las 5:00 AM y sentí que te había fallado.

A la mañana decidí quedarme. Nosotras dos. Solas, como hace un año atrás. El mismo escenario, nosotras tan distintas.

Son las 11 de la mañana, y me pongo a escribir. Ahora recuerdo, como si fuera ayer las 11 de la mañana del año pasado. Ese 10 de enero yo también había madrugado. Si bien estaba ya de licencia, a las 6: 30 AM estaba despierta desayunando con tu papá y tu hermana que se iba a la colonia. Después bailé alive and kicking  de Simple Minds. Sola. Bueno con vos en la panza. Baile mucho, nos reímos, sentimos la música, tanto como la sentís vos hoy. El calor de enero me venció y me fui a acostar con el aire en 19. Nunca en mi vida tuve tanto calor como embarazada.  Además, ya entraba en la semana 40.

9 de enero, día previo al parto.

A las 11 de la mañana sentí un tirón. Raro. Había experimentado muchas cosas nuevas durante estos 9 meses, pero nunca esto. Me levanté. Llamé a tu papá. El siempre es el que mantiene la calma y la tranquilidad de la familia. Pero esta vez fui yo la que tenía el control. Quedaté trabajando, yo te aviso, le dije.  

Durante las siguientes horas quise recordar todo lo que me habían explicado en el curso de pre-parto. No recordé nada. Hice las cosas como mi propio cuerpo me las instruyó. Una fuerza interior, quizá pasada, instintiva, primitiva me guío durante todo el proceso.

A la 1 PM, conocí el dolor.

Después de almorzar y darme varios baños, llamé de nuevo a tu papá. El supo que ya era hora. Llamé a la partera. Por su voz me dí cuenta que pensó, que como cualquier madre primeriza, estaba recién iniciando el trabajo de parto y todavía me quedaban horas. Yo también pensaba lo mismo.

Me citó a las 3 PM en el sanatorio (sólo en caso que no se me pasarán las contracciones). Me volví a dar un baño. Mi instinto primitivo reafirmó que el agua es el mejor lugar para un trabajo de parto. “Me quedaría acá a esperarte”, pensé.

Las contracciones son un dolor que conozco desde mis 13 años. Sólo que mucho más fuertes. Son como una ola, comienzan suaves, su ascenso de segundos parecen minutos. Creo nunca haber sentido el presente, tan presente, como en los segundos de máximo dolor de una contracción. Y después el dolor se olvida, hasta los próximos 4 minutos, después 3 minutos, hasta que se hacen 2 .. 1.

Llegamos a la clínica. Todo mi conocimiento interno, mi paz con la que venía sobrellevando el inicio de tu nacimiento se desmoronó. Hacia calor. El sanatorio estaba superpoblado. No había lugar donde esperar. La partera llegó. Para ella seguramente era el cuarto parto del día, de los cien partos que habrá tenido en el mes, y los mil del año. Para mi era el momento que venía esperando, desde hace nueve meses físicamente, desde hace mucho más en mi interior. Te iba a conocer.

Tenía 6 de dilatación, ya estabas ubicada. El tirón que había sentido a las 11 AM, 5 horas atrás, era que había roto bolsa. Por suerte no lo supe, sino hubiera salido corriendo a la clínica y hubiera tenido que pasar el trabajo de parto ahí.  El dolor era tan insoportable, que ni llorar podía. Tu papá quiso hacerme masajes. Yo no quería que me toquen. Que nos toquen. Me hubiera gustado volver a mi estado de introspección de casa, en la bañadera. Pero no pude.

La partera me ofreció la peridural. Le dije que sí sin pensar. Si hubiera sabido que quedaba tan poco tiempo para conocerte, hubiera esperado. Ya no hablaba mi instinto. Hablaba mi mente afectada por mi umbral de dolor.

Por suerte fue bajo el efecto de la peridural y continúe sintiendo. Ya no eran contracciones, o no como las venía viviendo hasta ahora. Fue una gran contracción, una presión en mi pelvis en donde pude sentir cada músculo abriéndose. Mi instinto volvió a ser protagonista. Puje, por necesidad física.

Naciste. Eran 6:20 de la tarde y el médico te poso sobre mi pecho. Yo había planeado terminar de sacarte de mi panza. Hasta lo había acordado con el obstetra. Sin embargo, naciste tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar. Tu papá lloraba como nunca antes lo había visto llorar. Yo no lloré, me sentía aturdida.  Aturdimiento de parto veloz, leí que se llama y es muy común en las primerizas. Y así naciste, dándome la primera enseñanza. No todo se controla y sale como uno lo planea. Hay que vivir el presente, que siempre te sorprende.

El primer día del sanatorio dormiste arriba mio.  Sin ninguna timidez supiste donde apuntar tu boquita, y te quedaste largo rato. Cada enfermera que entraba me daba un consejo diferente sobre la lactancia. Decidí confiar en vos, pués parecía que la tenías muy clara.

El segundo día te miré dormir en mis brazos y lloré de emoción. Era muy feliz.

Los siguientes días fueron una nebulosa, vos no querías estar en ningún otro lugar que no sea arriba mio. Yo no salia de mi asombro. Re pensaba el parto, una y otra vez. Me sentí todo poderosa. Lloraba. Tenía sueño. No sabía qué hacer cuando llorabas sin parar. Me sentía inútil.

En cada hociqueo en busca de alimento sentí que te conocia cada vez más. Entendí que te gustaba el contacto, y que dormir largo rato no era lo tuyo. Nos mirabas. Te miramos.

Volví a conocer el amor más tierno cuando tu hermana te conoció. Te acunaba y te tenía toda la paciencia del mundo, al punto de quedarse una hora inmóvil con vos en brazos con tal de no despertarte. La ame a Sofi Jr como nunca antes. Como si su amor incondicional hacia vos se me transmitiera a mi propia persona.

Lo abrace a tu papá. Se sintió raro sin la panza de por medio. Nos volvimos a sentir nosotros dos. Fue una sensación similar a la de la primera salida. Nos reencontramos.

Lo amé por darme lo más importante. Lo odié por no entenderme. Lo amé por contenerte. Lo odié por dejarte llorar. El siempre estuvo ahí, es mi pilar, muchas veces con la frustración de no comprender, pero siempre firme, siempre presente.

Este año pasaron muchas cosas:

sentí que el mundo se desmoronaba cuando a los 15 días no engordabas, y me sentí super poderosa cuando logré mediante mi esfuerzo de lactancia exclusiva llegues a tu peso sin recurrir a la fórmula;

sentí que te dejaba de lado cuando tuve que empezar a trabajar a tus dos meses y medio; sentí que tocaba el cielo con las manos cuando me regalaste la primer sonrisa;

me reencontré con mi mamá, ahora ella abuela y yo mamá: la entendí y la admiré;

despidieron compañeros y nos maltrataron en el trabajo;

te sentaste vos sola y comenzaste a comer con entusiasmo;

sentí que ya no tenía tiempo para mí y lloré;

sentí con la maternidad que nunca antes había sido tan segura de mi misma y me auto regalé una sonrisa;

fuimos los cuatro a plaza de mayo a expresar nuestro repudio al 2X1;

empezaste a dar tus primeros gateos;

bailaste;

lloraste mucho cada vez que me alejaba debido a la angustia del octavo mes extendida, como le dice tu papá;

estrenaste pasaporte:

me estrené como mamá canguro viajera:

acompañamos a tu papá en sus nuevos proyectos;

me enfureció la desaparición de Maldonado;

me dió miedo por tu futuro;

acompañamos a entrenar handball a y en sus ejercicios de matemática a Sofi Jr;

con tu papá empezamos un proyecto que nos apasiona: El Mundo es El Límite;

dijiste papá y mamá, aunque muchas más veces papá;

cacerolié por los jubilados;

viajamos mucho los cuatro;

diste tus primeros pasos;

Cumpliste un año.

Hoy nada cambió, la rutina sigue, tu papá y tu hermana desayunan, uno trabaja y la otra se va a colonia. Yo duermo un ratito más. Pero ahora estás vos a mi lado, a nuestro lado, la personita que nos une día a día a todos nosotros.