2017 no fue año fácil, ya sé, no está bien decirlo, porque fui mamá de Cata, pero quien es madre primeriza y no experimenta un terremoto interno, no es de este planeta.

En enero de 2017 nació Cata. Los primeros 100 días fueron… intensos. Cuando cumplió tres meses empecé a trabajar, me sentía una madre empoderada que todo lo podía, y salir del piyama y las batitas me iba a venir bien. Mis rutinas hasta hace 4 meses atrás eran salir de mi casa a las 8 y volver a las 8, entre trabajo, cursos, maestría, amigos, pareja. Todo eso terminó de un momento a otro. Ojo, yo estaba feliz, pero en algún momento entre pañal y pañal, luego de la nebulosa de los primeros 100 días, me busqué a mí misma, bueno a la de antes en realidad, y no la encontré.

Pensé que en el trabajo iba a volver a ser yo. Error. Ya nunca más iba a ser la de antes. Poco me importaba lo que tenía para hacer por más desafiante que resultará, sentía que me sacaba tiempo con Cata (sí ese tiempo del cual renegaba cuando estaba en mi casa). Mientras la amamantaba, me volví una experta en imaginarme cómo sería ser madre en una tribu, esas de Centroamérica o África. Las que ves por NatGeo. Es que desde que nació Cata mi instinto está a flor de piel, y ese instinto me decía que había algo que me incomodaba, pero no sabía bien qué.  Imaginaba: “si ahora viviera en una tribu, no estaría sola, porque habría otras mujeres con niños que me harían compañía”. Es eso pensé: “Mi problema, es que no es natural ser madre primeriza en un departamento, en una ciudad, así, acá, ahora”.

En él mientras tanto, nació El Mundo Es El Límite. Desde principio de año Pablo había armado el Instagram, Facebook y venia publicado fotos, las cuales me pedi-obligaba a traducir al inglés, y a mí me parecía la tarea más tediosa del universo. Yo pensé que era un pasatiempo. Aunque en el fondo sabía que eso de dejar algo empezado no iba con Pablo. Es que la de los pasatiempos soy yo. Desde chica soy así, hice atletismo, pintura, baile, piano, guitarra, ejercí la docencia, cambié muchas veces de trabajo, y siempre pienso en algo más, todo eso muchas veces cada cosa y por corto tiempo. Pablo es constante, si empieza algo, lo termina. Si nuestra vida juntos fuera un camino, él va tranquilo caminando, sacando fotos. Yo en cambio, voy, vengo, saco una foto, pero después me convence más filmar, hasta que me aburro y me siento, encuentro un atajo, lo encuentro a él, lo abrazo, hago la medialuna, y sigo caminando. En fin, él empezó con El Mundo Es El Límite.

Un sábado a la mañana, mientras Cata lloraba, Sofi y Pablo discutían porque ya se había terminado el tiempo de ver youtube, dije: “ahora vengo, voy a comprar medialunas para el mate”. Sin que nadie se de cuenta, agarré el primer libro que había empezado a leer post nacimiento que no fuera de maternidad y me fui al bar de la esquina a tomar la promoción “Café + 3 medialunas de manteca”; puse la alarma del celular y marqué una hora exacta. Este libro era “El síndrome de París”. Aniko Villalva, la autora, hablaba en uno de sus capítulos de Islandia, una isla en medio del atlántico, donde siempre era de día.

Ese capítulo me transmitió paz y felicidad, mis nexos neuronales asociaron, (sin ningún tipo de sentido coherente) que la vida en tribu que buscaba la iba a encontrar en Islandia.

Sonó la alarma del celular. Ya me tenía que ir del café.

Volví a casa.

Abrí la puerta y lo miré a Pablo.

Pablo, nos vamos a Islandia”. 

No me costó convencerlo. Islandia era su sueño desde chico, como buen fanático de Julio Verne y de “Viaje al centro de la tierra”. Por mi parte, necesitaba algo extrasensorial en este momento de mi vida. Las auroras boreales eran el antídoto perfecto.

Era Julio, organizamos Islandia en 1 mes, y en septiembre nos fuimos. Cuando le contamos a nuestra familia y amigos que nos íbamos con Cata de 8 meses, hubo comentarios de muchos tipos. Pocos de ellos fueron en apoyo. Hoy entiendo que la gente que te quiere no te quiere asustar, sino que expresa sus propios miedos en sus “consejos”. Como todos nos decían, “..che es un viaje en avión muy largo con dos chicas..”, decidimos que lo mejor era hacer una escala en México.  Y así nos afirmamos como padres responsables.

Nos vamos a Islandia”, decíamos, “peeero por las chicas, para que el viaje no sea tan largo, paramos primero en México”.

Me es difícil expresar en palabras, lo que fue organizar ese viaje. ¿Moriría Cata de una pulmonía en el país del hielo? ¿Y si le agarraba fiebre en medio de la nada? ¿Y la comida?

Una amiga me dijo: “que valiente que sos, yo con los chicos ni loca hago esos viajes”.

Pero si yo no soy valiente”, pensaba para mis adentros.

Aturdida, pero con la firme decisión de irme, compré el mejor mameluco por Amazon, esos de marcas de alpinistas, llevé todos los remedios x 2, galletitas, latas y leche argentina. Igual, por suerte primero parábamos en México, cualquier cosa la podía comprar ahí.

Llegamos a México. Ya conocíamos el aeropuerto y el hotel así que la logística fue sencilla. Sin embargo, acostumbrados a Argentina donde los bebés tienen prioridad en cualquier fila dentro del aeropuerto, nos llamó mucho la atención tener que hacer la interminable fila de migraciones con una bebé de 8 meses sin la empatía de ninguno de los que en ese aeropuerto trabajan. Culturas, en fin. Pedimos un taxi en el hotel, que se demoró, porque a las 11am se realizó un simulacro de… bueno nunca me enteré hasta después, para mí era un simulacro de incendio.

Entrada al museo de Frida Kahlo

Llegamos al museo de Frida, Cata pierde su arito de oro, por lo que nos demoramos una hora en buscarlo, sin éxito (luego lo agradeceríamos). Otra hora para ingresar al museo, ya para ese entonces sabíamos que es un país donde los bebés no tienen prioridad. El calor y cansancio post viaje estaban latentes, pero con mucha ansiedad de conocer el Museo de Frida. Entramos al museo, también conocido como la Casa Azul, por el color de todos sus paredones.

Yo quedé atrás con Cata tomando fotos, es que en ese momento hacía un curso de fotografía (a esta altura ya sabrán que no lo terminé).

La enana iba y venía, metiéndose entre la cantidad de turistas que había. Es que ella ama a Frida.

Pablo seguía la fila en orden.

Me quedó marcada una frase que sintetiza el amor de ella a Diego “muchos me preguntan si no me molesta el correr de Diego, y yo les respondo, que sería de un río si sus orillas no lo dejaran ser”. Quizá eso es lo que a Pablo le pasa conmigo, pensé, por eso me deja ser, y si él no existiera me desbordaría. O no, quizá es eso lo que a mí me pasa con él, porque él también tiene sus mega caprichos, el fetiche “libro guiness” lo llamo yo. Algo así como que si vas a una montaña él tiene que llegar a la cima, y si encima llega primero, mejor, o por ejemplo  los libros, él los lee hasta el final independientemente si le gusta o no.

Yo en cambio sí me cansé, ya está, tengo un montón de libros que deje a la mitad (demasiados). Cuando algo me deja de causar placer, no lo hago más. Punto. El no, es más el desplacer que le causa no cumplir que el hacerlo. Como sea, evidentemente nos contenemos mutuamente.

Volviendo a nuestra historia, salimos al patio. Era la primera vez dentro del museo que estábamos los cuatro juntos. La Enana y yo entramos a una tienda de suvenires. Pablo atrás nuestro. Sentí un mareo profundo, como si me desvaneciecie; en fracción de un segundo pensé en cómo me había afectado el jet lag. En esa misma fracción de segundo un mexicano loco nos sacaba con las manos del gift shop gritando, para atrás para atrás. ¿Qué le pasa?, pensé.

El brazo de Pablo nos agarra, como puede, a Sofi y a mi.

Y con esta palabra aclara todas mis dudas: “TERREMOTO”.

En otra fracción de segundo mientras lo seguía a Pablo, que abrazaba a Sofi,  y yo la cubría a Cata con mis manos, intenté recordar lo que sabía de terremotos. Me acordé algo del marco de una puerta, pero acá no había puertas. En esa misma fracción de segundo, supe que como la maternidad, si bien muchas veces había oído hablar de ella, nada sabía de terremotos. Evidentemente uno no sabe hasta que lo vive.

Pablo, si ese Pablo que va por la vida tomando fotos mentales, había visto el punto de encuentro cuando ingresamos y allí nos llevó. El siguiente minuto fue como estar parada en el centro de un samba, intentando mantener el equilibrio. El terremoto pasó, pero temíamos por futuras réplicas.

Allí nos enteramos que el terremoto había sido de 7.1, pero con un epicentro muy cercano a la capital y que ocurrió el mismo día del terremoto del ´85. Y sí las ironías de la vida, destino o como lo quieran llamar. La misma ironía que nos hacía a los cuatro ahí en nuestras 8 horas de escala de paso por México en medio de un terremoto.

Si bien el destino, dios o nuestras propias decisiones (a veces se confunde no?) nos llevó a México, también nos llevó a estar en ese museo. Si Cata no hubiera perdido su aro, si no hubiéramos hecho esa eterna fila, el terremoto nos hubiera encontrado en la calle, solos, sin saber que hacer. En el museo estábamos contenidos.

Post terremoto en el museo, a la espera de réplicas.

Nos habremos quedado más de una hora en este lugar, y no teníamos muy en claro para donde seguir. El plan original era ir al Templo de San Juan Bautista, una iglesia colonial, muy linda, siempre en la zona de Coyoacán. Pero ahora que hacemos? La Enana estaba asustada, quería irse de México cuanto antes. Yo con el correr de los minutos caía en la cuenta de lo que podría haber sido y no pude parar de llorar.

La mire a Cata a los ojos, y ahí encontré a mi yo perdido. Entendí que ya no era yo sola.

En las siguientes 6 horas, pasaron muchas más cosas, no encontrábamos transporte para volver al hotel, vimos casas derrumbadas mientras caminábamos por la calle, familias llorando, casi perdemos nuestros pasaporte y nuestra plata. Nuestro viaje a Islandia había quedado rezagado, el presente inmediato, el sentido de supervivencia nos consumió toda la energía.

Con Pablo nos distribuímos la responsabilidad de una manera demasiado perfecta como para ser planeada. Él tomó la posta durante el terremoto, supo dirigirnos perfectamente al punto de encuentro, y luego a la plaza más cercana. Nos contuvo. Yo estaba en shock. Cuando llegamos a la plaza, se apagó, pensando que habíamos perdido el pasaporte, plata, transporte y avión. Ahí yo tomé la posta. No se como, pero solucioné cada una de esas cosas, hablando con vecinos para que nos brindaran transporte, y con la gerente del hotel para que nos abra la caja fuerte con nuestra pertenencias. Y así, a las 4 AM del 20 de Septiembre del 2017, partimos a Londres, rumbo a Islandia, en lo que fue uno de los mejores destinos de nuestra vida.

Y si, ese lugar “seguro” que representaba México, nos dió una lección. La vida te sacude, interna y externamente. El tema es que cuando la vida te sacude, sea un terremoto, un bebé que llora o lo que sea que pase que te movilice, indefectiblemente hay que actuar. No hay lugar para la inacción. El ahora y el presente  te exige decidir sobre el curso a seguir. Supongo que de eso se trata el instinto de supervivencia.

El terremoto fue hace un año, pero aún tiene réplicas en mí. Me recuerdan que la vida son los instantes y fracciones de segundos. Aprendí que tanto el pasado, como el futuro sólo se viven a través de la mente, la cuál puede ser muy peligrosa. Nos crea miedos, inseguridades y necesidades futuras.  Por el otro lado, es en el presente donde podemos utilizar nuestros cinco sentidos, y es con ellos que podemos «sobrevivir». El pasado ya no está, el futuro es incierto, quizá la clave este en cómo decidimos sentir nuestro presente.

Si llegaste hasta acá con la lectura, me encantaría me dejes tu opinión, comentario y/o reflexión, para terminar de escribir este post juntos…muchas gracias! y hasta la próxima!!!